“El gobierno de la ciudad lo declaró Patrimonio Histórico Cultural y nos entregó una placa con el nombre de Soriano”, describió Eduardo Facián orgulloso de ser el dueño de uno de los puntos de mayor relevancia en la historia del club del cual es hincha: San Lorenzo de Almagro. Ubicado en las calles Avelino Díaz y Avenida La Plata, el mítico Bar San Lorenzo sigue abierto como aquel tiempo en el que el Viejo Gasómetro estaba allí. “Antes cuando estaba la cancha estaba lleno de bares y pizzerías pero todos cerraron de inmediato cuando tiraron abajo la cancha”, nos agrega Facián incorporando a su memoria los viejos recuerdos en donde el pueblo azulgrana vestía las calles de azul y rojo para ver a sus jugadores. Todas las glorias del club pasaron en algún momento por el Bar. Fernando Areán, Héctor “Bambino” Veira, Roberto Telch, Rafael Albrecht, Sanfilippo, entre otros grandes de la historia de la institución. Hoy el deseo de ellos y de sus seguidores es recuperar su identidad y volver al barrio en donde nacieron. Para ello ya se realizaron numerosas marchas y el sueño, que en un comienzo parecía una utopía, va tomando forma con el correr del tiempo. La imagen de Gardel en una de las paredes externas captura las miradas de propios y extraños para detenerse y contemplar hacía el interior del Bar. Allí, todas las mesas de fórmica, las ventanas rectangulares de gran tamaño y las baldosas continúan gastadas. Aún se conserva el estado del bar como lucía en 1979, año en el que se jugó el último partido en un opaco empate sin goles entre San Lorenzo y Boca. Como si el fútbol supiera lo que iba a suceder a posteriori. Hoy por las costados se puede ver el supermercado Carrefour. El símbolo del hostigamiento de todas las hinchadas para con los simpatizantes de Boedo. El punto de encuentro para todos los fanáticos, como dice Facián: “Este bar es por mucho el lugar donde los verdaderos hinchas de San Lorenzo vienen a tomar un café y discutir sobre fútbol”. El deporte nacional más popular se respire y se vive en el Bar San Lorenzo, y su dueño reavivó el mito dándole color y forma a un sitio que se había perdido en los años. Creado en la década del 30, el auge y el esplendor lo tenía cuando miles de visitantes entraban cada día de partido. Eso ya se dilucidó en la actualidad porque los hinchas ya no merodean la zona en busca de ver un encuentro de fútbol. Pero la única placa que se inmortaliza en el Bar San Lorenzo no es la de Soriano, sino que hay otras. Como la de Jacobo Urso jugador que falleció en 1922 con una historia muy particular. En un partido se fracturó dos costillas, pero no quiso abandonar el campo de juego. Al finalizar el mismo, se desvaneció producto de que una costilla ya le había perforado un riñón. De inmediato fue trasladado al Hospital Ramos Mejía donde perdió la vida seis días más tarde. En una especie de duelo y a la espera del sueño de que San Lorenzo vuelva a tener el estadio en esas tierras, el Bar permanece cerrado todos los domingos. El fútbol murió en Boedo, pero los hinchas lo quieren hacer renacer.